Pintor, florero y constructor de castillos de arena

De pequeño quería ser pintor y mis padres me llevaron a clases de dibujo, de pintura, de cerámica y consiguieron potenciar mi interés por el arte.

También me gustaban (y me siguen gustando) el huerto y las flores, yo llamaba a eso ser florero, ¡qué lejos estoy del hombre objeto! Seguramente mis primeras arquitecturas fueron los surcos para conducir el agua y regar los tomates.

En verano, en Torredembarra, no paraba de levantar castillos de arena. Quizás por eso mi libro preferido es Una Casa En la Arena de Pablo Neruda. El poeta explica la experiencia de construirse su casa y llenarla de objetos como habitantes, el murmullo del mar se oye en todas sus sílabas.


Estudiar Arquitectura

Tuve la suerte de estudiar en la Escuela de Arquitectura de Barcelona con grandes maestros: Enric Miralles en primero nos estiraba de cualquier idea para desarrollar el proyecto. Ahora me acuerdo que en el primer plano del proyecto de clase, que consistía en diseñar una plaza al lado de la Fundación Miró, escribió “este jardín botánico tiene un xilofón”, yo había escrito todas las especies en latín de la vegetación y una pasarela recorría la plaza. Nunca  olvidaré sus lecciones sobre la sección del plato sopero y su cruasán.

Me marcó mucho Ramón Sanabria, que me enseñó a no tener miedo a la hoja en blanco, a ver evolucionar las propuestas y también a dar importancia a la construcción.
Con Rosa Barba en urbanismo aprendí el valor del trabajo, mi hermano me ayudaba a hacer miles de puntitos para representar árboles en los planos urbanísticos que no cabían en la mesa del comedor.

Recuerdo con entusiasmo las clases de Carlos Ferrater, que nos hacía hacer maquetas que nos cupieran en el bolsillo de la camisa. Yo la hice de la embajada de España en Berlín, aún la guardo, aprendí así el valor de la esencia y la importancia de la abstracción.


París entre japoneses

Entrar en la Université de la Sorbonne para mí fue una experiencia personal y cultural decisiva; estudiar Historia del Arte y sumergirme en el mar universitario, lleno de actividades y experiencias, fue muy enriquecedor

Pero sin duda lo más importante de mi estancia en París fue vivir en la Casa de Japón de la Cité Universitaire. Allí descubrí la diversidad de formas de vida y de maneras de pensar y actuar. Aprendí que en el vacío hay más cosas que en lo lleno, gracias a la imaginación, muy útil para la arquitectura. También a comer sushi y jugar al beisbol. Descubrí que la poesía, que a mí siempre me ha interesado, tiene una nueva dimensión en la literatura japonesa.

Conservo buenos amigos como Kyoko Watanabe, Jess Brouillard, Kermaan Satha y Alberto Peñín con quien expuse en París mi proyecto fin de carrera.


Docencia

Mi inclusión en la docencia fue súbita y poco a poco se ha convertido en parte esencial de mi profesión.

Elisava me permite mantener el contacto con estudiantes, y me obliga a mantenerme en forma académicamente hablando. Siempre mi docencia está ligada a los materiales y al interiorismo (cuya temática se trata en el Máster de Diseño del Espacio Interior. Perímetros Privados que dirijo con Agustí Costa).


Laura, Daniel y Rosalia

Dicen que es difícil separar la vida profesional y personal pero a mí me parece imposible, sobre todo cuando tu profesión es voluntariamente invasiva.

Tras vivir en una familia inmejorable, donde los abuelos tenían un peso importante, conocí a Laura en Paris, comparto con mi esposa vida, ilusiones y profesión. Daniel nuestro primer hijo nos da alegría interrumpida y Rosalia, nuestra segunda hija, nos reconcilia con la vida y nos llena actualmente de felicidad.